Travesía Atlántico 2026
La navegación oceánica es fuerza mental
Cruzar el Atlántico a vela es una de esas experiencias que te cambian por dentro.
Durante semanas no ves tierra. El horizonte se convierte en tu única referencia y el ritmo del océano marca el paso de los días. Guardias nocturnas, cambios de viento, marejadas, cielos infinitos y esa mezcla de cansancio y emoción que solo se entiende cuando estás ahí, en mitad del océano.
En enero de 2026 tuve la oportunidad de volver a hacerlo.
Una nueva travesía oceánica, 2.800 millas más en la bitácora y 23 días navegando desde Santa Cruz de Tenerife hasta Martinique.
El Atlántico volvió a recordarme algo que ya sabía:
la navegación oceánica es, sobre todo, fuerza mental.
Durante esta travesía hemos tenido de todo:
chubascos que nos han traído encalmadas
y vientos de 30 nudos con rachas de 50 que nos obligaban a rizar velas rápidamente.
También días espectaculares.
Olas de 5 metros con periodos de 12 segundos.
Vientos constantes que nos hacían volar y surfear a 6 nudos con puntas de 7.
Y otras veces, olas desordenadas y caprichosas, retumbando en el casco y haciendo saltar incluso la tapa del desagüe de la bañera.
Momentos que ponen a prueba la paciencia.
Era mar de fondo del norte, nacida de los temporales de invierno, que al encontrarse con el oleaje generado por los alisios crea mar cruzada.
Mar incómoda.
Vida en mitad del océano
Pero el Atlántico también regala momentos que compensan todo.
Puestas de sol mágicas, donde reina la paz y el océano parece sostenerlo todo.
Nuestros amigos los delfines nos han visitado varias veces para jugar en la proa del catamarán o simplemente hacer dos piruetas para saludarnos en mitad de la nada.
Los peces voladores surcaban el aire en saltos magistrales, huyendo de sus depredadores.
Nuestro primer pescado para la sartén fue un despistado de palmo que aterrizó en el costado de babor.
Y Poseidón me permitió pescar una llampuga (mahi-mahi) de 3 kilos, que se convirtió en varios festines gracias a Olga Martínez, mi querida compañera marinera del Mekatxis.
También nos acompañaron las aves.
Tres especies diferentes sobrevolaron la embarcación.
Una de ellas bajó en picado a por el pulpito del curricán y me dio el susto del día.
No quería cazarla, así que aborté la pesca y recogí el sedal.
Incluso amenazaba con posarse en lo más alto del mástil, pudiendo romper la antena VHF, el anemómetro o la veleta, instrumentos esenciales para anticipar el rizo.
La primera vez que crucé el Atlántico, un pájaro sí nos rompió la VHF.
El paso de los días en el océano
Hemos pasado progresivamente de la cazadora náutica, el forro polar y el gorro de lana
a pantalón corto y camiseta de tirantes,
acabando a cubos de agua salada sobre la piel.
Noches mágicas.
Cielos estrellados.
La luna iluminando nuestra estela mientras me acompaña en las guardias solitarias.
Como si fuera una amiga, parece susurrarme:
“Tú puedes, Ju, con esto y con más.”
Pero la fatiga también aparece.
Horas de sueño robado.
Soy de la vieja escuela.
De cuando no existía el AIS.
Hoy es un lujo contar con tanta tecnología.
Un alivio saber rumbo, posición y velocidad de quien te cruzas en mitad del océano.
Las guardias nocturnas
En mi guardia nocturna todo empieza por la observación.
Escuchar el viento.
Cuando empieza a subir, miro el anemómetro para decidir si toca rizar.
Radar atento por si llegan chubascos.
Sin bajar la guardia.
Y aun así, es un verdadero placer estar a solas mientras todos duermen.
Siempre alerta.
Mi peor pesadilla sería encontrar un contenedor a la deriva o un objeto no identificado en mitad del océano.
Chaleco puesto.
Línea de vida a mano.
Radiobaliza personal.
Toda seguridad es poca.
2.800 millas más
Empiezo el 2026 con 2.800 millas más a mis espaldas.
Gracias, Océano.
He vuelto a sentirme salvaje.
Es la segunda vez que te navego.
Y lo único que he añorado irremediablemente ha sido a mi querido capitán Marc y a mi venerado marinero Aleix.
En mi cabeza siempre han estado presentes.
Y se me ha hecho extraño navegar sin ellos.
El océano siempre enseña.
Te recuerda lo pequeño que eres, pero también lo capaz que puedes llegar a ser.
Te obliga a escuchar, a observar, a tener paciencia… y a confiar.
Cada milla navegada es aprendizaje.
Cada guardia nocturna es una conversación silenciosa con el mar.
Esta travesía me ha vuelto a regalar algo que siempre busco cuando navego lejos de tierra: esa sensación profunda de libertad, de volver a lo esencial.
De sentirme, otra vez, un poco más salvaje.
Y, como siempre, con el pensamiento puesto en casa, en Marc y en Aleix, que siguen siendo mi verdadera tripulación.
Marinera a bordo de un Fontaine Pajot Belize 43
Santa Cruz de Tenerife — Martinique
23 días de navegación
Velocidad media: 4,5 nudos



